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PSICOLOGíA DEPORTIVA
DIARIO LEPROSO
03.12.2009
Profe Salorio
FAMILIA

Una importante narración acerca del rol de los padres, entrenadores y todo aquel que tenga incidencia en el desarrollo del jugador infanto-juvenil. Pasen y vean.

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En la actualidad resulta completamente habitual encontrarse en competiciones deportivas infantiles con padres en estados de alteración poco imaginables para la situación, o buscando reprender a
los árbitros por sus fallos o contradiciendo a los entrenadores por sus decisiones.
El contexto del deporte infanto-juvenil con el paso del tiempo se ha tornado cada vez más estresante y más exigente para el actor principal del juego: el niño.
La mayorí­a de las veces los padres y/o los entrenadores suelen equivocarse al considerar al deporte juvenil como si fuese un deporte profesional. El deporte juvenil tiene su fundamento como proceso educativo, como proceso de aprendizaje y de adquisición de habilidades y conductas relevantes para el niño. Mientras que el deporte profesional persigue los objetivos de una empresa comercial, donde
verdaderamente el ganar es esencial y prioritario para los agentes del mismo (deportistas, entrenadores y directivos).
El asociar confusamente al deporte juvenil con una empresa deportiva como lo es el deporte profesional lleva a que las funciones desempeñadas por aquellos que deben guiar y acompañar el proceso educativo, padres y entrenadores, resulta completamente inoperante y altamente iatrogénica para el deportista. El deporte infanto-juvenil debe perseguir invariablemente el axioma de obtener placer por participar y no solamente por ganar. Pero sabido es, que la mayorí­a de las veces, los niños deportistas obtienen al finalizar el juego premios o castigos en función de sus resultados.
Cuando el resultado determina la calidad y el nivel del afecto que el entrenador y los padres puedan dispensar a sus hijos, desde ese momento, la competición deportiva se transforma en un evento altamente estresante imposible de afrontar para cualquier niño.
Es necesario que los entrenadores al igual que los padres recompensen las ejecuciones, la participación en planes deportivos y que se olviden de los resultados como fuente principal de recompensas. Los niños y los jóvenes no son adultos en miniatura, por lo tanto deben recibir el trato que se merecen y deben poder disfrutar y obtener en el deporte lo que están buscando, que es el placer y la diversión.
Sin duda no puede escapar a este análisis que las recompensas económicas que recibe un deportista profesional en la actualidad resultan sumamente atractivas, pero con más razón es imprescindible que el niño viva el proceso deportivo educativo asociado al placer y que a posteriori pueda o no elegir continuar una carrera profesional.
Resulta notable ver como por estas latitudes, y teniendo en cuenta la influencia mediática informando acerca de los montos de los contratos de los deportistas profesionales y los premios onerosos que reciben por cumplir sus objetivos, han ido rotando los motivos principales de los niños para realizar la práctica activa de un deporte.
La grilla de motivos por las cuales los niños hacen deporte tradicionalmente fue: por diversión; para mejorar destrezas y aprender otras nuevas; para estar con amigos; por la emoción y porque es excitante y luego recién para tener éxito y ganar. En la actualidad se evidencia una inversión significativa de estos motivos, ampliamente impulsados por factores externos al niño como lo son los padres, la mayorí­a de las veces.
El objetivo tener éxito o ganar a cualquier precio es tremendamente nocivo para la práctica deportiva, dado que el mismo justifica cualquier medio para alcanzar tal fin. Es de suponer que los niveles de violencia en el deporte infantil se hayan incrementado por tal motivo. La agresión instrumental y la agresión reactiva en deportes infantiles son moneda corriente y la mayorí­a de las veces se dejan pasar por alto debido a que el deportista o el equipo consiguieran el logro deportivo.
Por tanto, es primordial que tanto los padres como los entrenadores y hasta los jueces deportivos reconceptualicen al deporte juvenil como un proceso educativo el cual es un medio y un fin en sí­ mismo.
Despejando totalmente la noción de ganadores y perdedores, la cuál genera la consecuencia más fatal para el deporte de iniciación que es el cese de la actividad deportiva.
En la medida que no se respeten las motivaciones de los niños por participar de los programas de entrenamiento deportivo mayor será la deserción de los mismos y más frecuente será encontrar jóvenes completamente alejados del deporte, sin poder gozar de los amplios beneficios que el mismo brinda.
Es necesario mencionar nuevamente a los jueces deportivos, quienes deben adoptar una actitud facilitadora más que una posición autoritaria distante de los niños. Los jueces deportivos son parte
fundamental de este proceso activo de aprendizaje y por tal motivo deben contribuir desde una aproximación positiva, recompensando las conductas deportivas acertadas y asertivas, y no solo castigando los comportamientos erróneos.
Del mismo modo, los padres desde su rol de espectadores deben mantener una posición acorde a tal rol. Es muy frecuente que al terminar un juego, el padre se acerque a insultar a un árbitro, o le cuestione decisiones al entrenador, o fastidie a su hijo por ejecuciones erradas.
Es necesario entender que muchas veces desde la posición de padres entendemos a nuestros hijos como nuestras prolongaciones y por tanto deseamos que actúen como lo harí­amos nosotros, desde afuera. Para ello reitero que los niños a los jóvenes no son adultos en miniatura, son niños que persiguen sus objetivos, distintos a los de los padres y que deben, obligatoriamente, ser respetados.
Ni la postura del padre fanatizado y obsesionado por el resultado, ni la del padre absolutamente descomprometido favorece al desarrollo de los deportistas infantiles. Es necesario acompañar al niño, hacerle sentir que uno desde la posición de padre se encuentra feliz por lo que él realiza más que por cómo lo realiza. Priorizar la práctica deportiva a la práctica óptima del deporte.
El no acompañar en ocasiones al niño a la competencia, el no interesarse por sus entrenamientos puede resultar tan nocivo como la persecución implacable de padres fanáticos.
Es conveniente que los padres abandonen comportamientos sobreprotectores que muchas veces impide que vean que al niño como tal, y por tanto considerarán desmedido cualquier regaño por parte del entrenador y llevará a cuestionarlos indebidamente.
A modo de sugerencia considero que resultarí­a ampliamente operativo adoptar un modelo de comunicación de doble ví­a entrenador-padres, especialmente en los perí­odos de pretemporada, a los fines de poder presentarse como entrenador, de hacer conocer los objetivos del programa deportivo a los padres, de mencionar los roles y responsabilidades paternas y buscar establecer un dí­a y horario para la relación entrenador-padres.
En la medida que el binomio entrenador-padres maneje un buen caudal de comunicación, trabaje y desarrolle el rol a desempeñar por cada uno de ellos, y por tanto permita el crecimiento deportivo de los niños desde una perspectiva de acompañamiento mutuo, seguramente la práctica deportiva será una verdadera fuente de placer para el niño y perderá cualquier carácter que tienda a transformarla en situación estresante.
La aproximación positiva de parte de cualquier agente deportivo (entrenador, juez, dirigente, padre, etc) es favorecedora y posibilitadora del desarrollo deportivo, lo cual implica que a edades tempranas no se puede perder de vista el carácter educativo del deporte, generando de este modo que a edades mayores resulte más grande la población que pueda decidir o no continuar con una carrera profesional.
Que un par de deportistas enfrenten a edades tempranas desafí­os deportivos adultos, no significa ni mucho menos que ese deba ser el paradigma e imitar. La vida deportiva debe prolongarse con la llegada de las ciencias aplicadas al deporte, y actualmente se confunde esta actitud con el inicio precoz.
Es importante entender que un joven entrenado respetando sus etapas madurativas llega siempre más preparado a enfrentar situaciones estresantes que aquellos que sin elegirlo, fueron impulsados a hacerlo.
Busquemos por tanto, cada uno desde la posición que nos toca ocupar, generar una actitud facilitada de inserción deportiva. Entendiendo que el niño inicia un proceso de aprendizaje y no un trabajo en una empresa deportiva. Legalmente para desarrollar la mayorí­a de las ocupaciones existentes en el mercado laboral es necesario tener una mayorí­a de edad, excepto en el deporte.
Respetar al niño como un infante y no como un adulto en miniatura es la cuestión.
Niño sigue jodiendo con la pelota...Que eso no se dice....Que eso no se hace....Que eso no se toca....

Profesor Gerardo Salorio


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